Hola a todos!
Estoy muy complacido de seguir leyendo esta tremenda entrevista realizada por
Pequeños Universos. Esta, la segunda parte, fue realizada el 4 de febrero de 2012 y se sigue esbozando de manera magistral el ser humano, el maestro y el líder quien era el Shihan Masafumi sakanashi.
Lean y mantengamos al maestro vivo en nuestra práctica diria.
Que tengan buena práctica!
En las oportunidades en las que usted regresó a Japón, o
durante los seminarios internacionales organizados por el CDA u otras
instituciones, ¿volvió a cruzarse con algún camarada de la época de sus
inicios? Si fue así, ¿cómo fueron esos encuentros?
Desde que vine a la Argentina tuve la posibilidad de cruzarme,
por ejemplo, con un compañero de la misma promoción de aquel entonces:
Héctor Flores, que es alumno de Kurata sensei. Fue durante la época del
Kobukan Dojo, que quedaba en las calles Tucumán y Montevideo (Ciudad de
Buenos Aires). Hemos practicado muy bien. Y hace poco –unos 3 o 4 años
atrás– estuvo Yasuno sensei. Yasuno sensei es senpai mío, pero
practicábamos mucho juntos en las clases de Yamaguchi sensei. Hoy ya es
un gran maestro, por supuesto.
De la misma época nuestra era, también, el Doshu actual. Ueshiba Moriteru Doshu tiene 4 años de edad más que yo.
¿Y qué recuerdos tiene de la práctica con Yasuno sensei?
Yasuno sensei era una persona muy eficaz y práctica. En su
técnica no había muchas vueltas. Les repito que estábamos todos muy
concentrados en hallar la forma de “tomar el centro”, en encontrar el
modo de trabajar sobre lo que Yamaguchi sensei mostraba. La verdad es
que no tengo recuerdos muy específicos de nadie, porque el grado de
concentración de cada uno era tal, el deseo de salir a buscar lo que
Yamaguchi sensei dejaba era tan grande que, en realidad, no nos
preocupaba mucho qué hacía el otro. La práctica nuestra consistía en eso
o, por lo menos, eso me sucedía a mí. Es más, cuando volví a la
Argentina lo único que hice en el transcurso de los primeros 10 años fue
practicar exclusivamente eso. Enseñaba, pero practicaba lo que había
aprendido con Yamaguchi sensei, no tenía otra cosa en mente.
Con respecto a los seminarios que se llevan a cabo en el CDA o
a algún otro seminario internacional, ¿qué significa para usted
organizarlos y/o participar de ellos?
En los primeros años, desde mi llegada a Argentina, me propuse
trabajar las técnicas muy cerradas, a la manera de Yamaguchi sensei.
Explicándolas, me di cuenta pronto de que nadie las entendía. Por aquel
entonces éramos tres maestros los que difundíamos Aikido: Miyasawa
sensei, Kurata sensei y yo. La técnica de Kurata sensei era justo la
inversa de la mía, bien abierta. En el fondo, no es que no nos
entendíamos sino que en muchas cosas nuestra práctica era muy distinta.
Eso nos condujo pronto a una ruptura. Él es mi senpai y yo lo respeto
como tal, pero no accedo a la forma de trabajar que tiene él. Hoy en
día, todo el Aikido que se practica en Argentina deriva de alguno de
nosotros tres. El nombre que se ponga no importa. “Yo soy el
representante de…” no importa: el Aikido argentino siempre guarda la
semilla de alguno de los tres orígenes. Salvo, claro, que el practicante
que se considere haya venido de afuera.
Ahora bien, la diferencia que veo entre esto que les cuento y los
seminarios es la siguiente. Cuando empecé a enseñar las técnicas con el
estilo de Yamaguchi sensei, me costaba mucho trasmitir lo que era el
“centro” a la gente nueva que empezaba. Fue así que decidí empezar al
revés: trabajaba las técnicas más abiertas para, luego, ir cerrándolas.
¿Qué es lo que hacía? Buscaba métodos de enseñanza distintos todo el
tiempo. Vayamos a algo más específico: a un nikkyo, por ejemplo. Lo
hacía más cerrado, más abierto y súper abierto, de tres o cuatro formas
distintas, para que lo aprovechara gran parte de la gente y que cada uno
lo interpretara a su manera. Entonces, hacía los “shihonage” más
abiertos, más cerrados y bien abiertos. Según las clases, daba las
técnicas de distintas formas. Esta experiencia la llevé a cabo en el
transcurso de los primeros 10 años de difusión, no de un día para el
otro, sino que en una época trabajaba la técnica más abierta, en otra
época más cerrada, y a los alumnos de graduaciones altas se las enseñaba
más cerradas aún.
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Mesa examinadora compuesta por
Miyazawa sensei, Kurata sensei y Sakanashi sensei. Pioneros del Aikido en Argentina.
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¿Usted fue experimentando con eso?
Claro. Fue una forma de ver de qué manera la gente podía
interpretar más rápido el Aikido. Pero tenemos una contra, y es que el
Aikido muy abierto, con movimientos grandes, deja de ser marcial; es un
Aikido más parecido a una danza, con lo cual se convierte en un arte de
gimnasia, de ejercicio, un arte que otros artemarcialistas –en su
momento– no respetaban. Estoy hablando de la época que va de 1978 a
1980.
¿Algo muy coreográfico?
Muy coreográfico, sí. Entonces empezamos a romper un poco esa
matriz por la que, desde otras disciplinas, no se respetaba al Aikido; y
es que, de algún modo, tenía que terminar con eso para que la gente
comprendiera qué significa nuestro arte marcial. Puse énfasis en
trabajar las técnicas bien cerradas, y así tuvo que cambiar la
ideología.
Para quienes no conocen el tema, no entienden qué es una técnica cerrada
ni qué es una técnica abierta, quiero explicar que cuanto más cerrada
es la técnica, más “chiquito” resulta el movimiento. O sea que el
movimiento se va achicando, achicando y llega un punto en que es tan
cerrado que cuesta identificarlo desde afuera, parece como si uno no se
moviera y el otro –uke– saliera “volando”. Esto provoca sorpresa en el
espectador, que dice:“pero eso, ¿de dónde salió? ¿Qué fue lo que pasó?”
En seminarios como los de Katô Hiroshi Shihan, por ejemplo,
parece suceder lo que nos está describiendo: la técnica es tan cerrada
que no se alcanzan a divisar los movimientos.
Claro, Katô shihan es tan cerrado… Ahí está lo interesante para tomar de maestros así.
¿Podríamos decir que usted sigue aprendiendo en los seminarios? ¿Cómo es la vivencia que tiene de ellos?
Aprendo muchísimo de ellos. Y aspiro también a que los danes
aprendan de eso. En mi época temprana de práctica las cosas eran muy
distintas; hoy en día, en un seminario te enseñan a tomar la mano de un
modo u otro, a poner los pies o el cuerpo en determinada posición, a
manejar la distancia. Eso antes no existía; todo era mirar y aprender de
la observación. Si no captabas algo, lo perdías.
De ahí la necesidad de una concentración como la que usted mencionaba antes…
Se requería muchísima atención para poder aprender. Estamos
demasiado acostumbrados, en esta era, a que nos enseñen todo y a que nos
lo den resuelto. Podemos preguntarnos, entonces, si esta época es buena
o mala. Creo que para algunas cosas es buena, pero la realidad es que
los alumnos han dejado de prestar atención. En una práctica de Aikido
hay que observar muy bien los movimientos, hay que analizar lo que se
hace con los pies, la distancia entre nage y uke, la intención que se
pone, en fin, hay que captar toda una sensación. El aprendizaje es lento
porque uno va desarrollando, de este modo, cosas internamente, hasta
identificar los distintos momentos de la técnica.
Ahora, si nos enseñan todo, si nos muestran cada detalle, lo que sucede
es que aprendemos mucho más rápido pero quedamos vacíos. Si nos
preguntamos qué es lo bueno y qué es lo malo de los seminarios de los
que hablábamos antes, en principio creo que, cuando vienen distintos
maestros, ustedes tienen la posibilidad de ver las distintas formas en
que se practican las técnicas. No hay una sola manera, no existe
únicamente la mía. Mis alumnos pueden aprender de los maestros que
vienen. Hay muchas maneras, y así es como se enriquece el Aikido.
Si quisiera forjar simplemente un grupo de estudiantes para mí, no
traería ningún maestro de afuera, los encerraría y les diría “esto es
Aikido, lo que yo hago”. Pero no deseo adueñarme de mis alumnos.
Entonces mi trabajo es, metódicamente, que vean el Aikido de todos, que
cada uno tenga el derecho de elegir. Eso me parece lo más sano. Así, hay
grupos de estudiantes que han aprendido conmigo, años atrás, y que se
han ido a continuar su práctica con otros grupos, y me parece perfecto.
Yo no quiero trabajar con alguien toda una vida, y que diga “a mí no me
gusta lo que él hace”. ¿Cuál sería el sentido de que estuviéramos
juntos? La lógica es que si practicamos lo mismo, vamos para el mismo
lado. Es lo que yo busco, lo que ustedes buscan: compartir un rumbo.
Pero si lo compartimos solamente para buscar una graduación, mejor no lo
hagamos. Cualquier otro maestro se la va a dar igual. Esto nos permite
que la gente que practica Aikido tenga una apertura mental grande, y que
pueda hacer un Aikido más desarrollado. Para eso sirven los seminarios.
Cuando uno se enfoca en los seminarios comprende que no se trata
simplemente de traer un maestro; hay que pensar que ese maestro que uno
trae va a afectar al grupo de practicantes por un transcurso de tiempo
que va, por lo menos, de 3 a 5 años. ¿De qué manera los alimentará, cuál
será la semilla que plantará en cada uno? No es algo tan sencillo como
puede parecer. A cada maestro hay que traerlo repetidas veces para que
los alumnos puedan entender la idiosincrasia de lo que él quiere
transmitir. Así es como se cultiva la semilla que dejará en cada uno. Mi
trabajo es organizar los seminarios para que muchos de ustedes puedan
nutrirse con ellos, y así logren tener una mayor amplitud mental.
¿Qué nos puede contar del momento fundacional del CDA (Centro
de Difusión del Aikido)? ¿En qué año, por ejemplo, se montó el primer
dojo?
El primer dojo se montó en el año 1978. Vine a la Argentina en
junio de ese año. A partir de entonces arrancamos en Burzaco (que en ese
momento era la casa central y ahora quedó como la casa matriz del CDA).
Así nació el Centro de Difusión. Aikikai Sakanashi Dojo fue el primer
dojo exclusivo de Aikido que tuvimos en nuestro país. Lo que ocurre es
que no lo informé a Japón por respeto a mis superiores aquí. Kurata
sensei llevaba por lo menos 10 años más que yo en el país, y con
Miyazawa sensei ocurría más o menos lo mismo. Sin embargo, ellos daban
clase en un club y no en un dojo privado, como el que yo pasé tiempo
construyendo. Finalmente, declaré la existencia del dojo casi 11 años
después de haberlo fundado.
¿Conserva algún alumno de aquella época?
Sí, Omar Parma es alumno de aquella época. Celestino Ferro,
Leandro Ferro, Claudio Herrera y casi todos los 5tos.y 4tos. danes son
de ese tiempo. También abandonó mucha gente, pero tiene su lógica: yo
tampoco sabía enseñar. Llegaban a cinturón negro porque los exprimía. En
lo personal, fui adquiriendo la experiencia de enseñar con los años,
así que, si se graduaron de 1ros. danes, la verdad, fue más mérito de
ellos que mío. Todos nos vamos “haciendo” en el camino.
Con respecto al Aikido y la salud, ¿cuáles son los beneficios
que, según usted, aporta nuestra disciplina al bienestar de las
personas?
Sobre los beneficios que el Aikido tiene para la salud puedo
contarles cientos de anécdotas. Muchísimas personas han recuperado su
salud a través de la práctica. Sin embargo, yo creo que Aikido, más que
curar, lo que hace es magnificar las capacidades de las personas. Eso no
quiere decir que las convierta en buenas o malas. Como decía Facundo
Cabral, “el que es tonto acá es tonto allá”, no cambia nunca. Entonces,
el que es inteligente, el que es malo, el que es estafador, sea lo que
sea que tenga su mentalidad, no va a cambiar por obra del Aikido; lo que
produce el cambio es que esa persona tenga la voluntad de, a través de
Aikido, transformarse. Las personas que aman Aikido empiezan a cambiar
porque se aman también a sí mismas. Yo digo “esto me gusta”; entonces,
como me gusta, quiero cambiar lo que sea necesario para poder seguir
haciéndolo, para poder seguir practicando. Ahora, si profundizamos sobre
la actitud mental, ¿por qué o cómo nos ayuda Aikido? Nos ayuda porque,
en un principio, por más que nos digan que no compitamos, uno entra al
tatami y compite, eso es lo que se hace hasta, por lo menos, cinturón
negro. Cuando llegan a 1er. dan, algunos practicantes hacen un clic,
mientras que otros tardan un poco más en pasar por eso. Pero ese clic
ocurre cuando vamos al dojo, dejamos de chocar con el otro, dejamos de
lado el ego y lo que hacemos es tratar de trabajar más relajados, menos
tensos, menos con actitud de choque. A otros no les pasa. Piensan:
“ahora soy cinturón negro, así que a mí no me van a mover” y, de ese
modo, continúa trabajando el ego. Por eso digo que Aikido no cambia a
las personas. Ahora, si logramos que la persona busque trabajar con el
ego porque quiere modificarlo, lo hace. A través de Aikido logra
hacerlo, porque cuando tiene relaciones con otra gente, de algún modo
aprende a soportar más, de algún modo trata de comprender mejor al otro,
que es lo que hacemos a partir de un katatedori (agarre de muñeca):
simplemente, si un compañero sujeta con fuerza a otro, y el segundo no
se mueve, puede comprenderse la situación de varias formas. Una de ellas
es pensar, en el caso de nage, “yo soy fuerte y, por eso, no me puede
mover”. La otra es decir “soy más graduado, tengo más fuerza que él,
pero, también, tengo otro modo de vida, por eso no me mueve; entonces
tengo que usar mi fuerza para ayudarlo a que él mejore su técnica. De lo
contrario, si uso mi fuerza para que él no haga la técnica, lo único
que logro es alimentar mi ego. Tenemos varias campanas para escuchar a
partir de una misma circunstancia.
Un dojo, casi por definición, es un ámbito de unión en donde
se encuentran caminos; sin embargo, vemos que cada día se abren más
dojos. Algunos son el resultado de fracturas de grandes escuelas.
Entonces, ¿esa separación es necesaria? ¿Es algo que se da naturalmente
para, de algún modo, hacer posible la unión?
No son más dojos los que se abren, son más escuelas… Esa
ruptura que ustedes advierten no tendría que ser algo natural. Todo
alumno que no reconozca a su maestro, que quiera ignorarlo y abrir su
propia escuela o, por ejemplo, representar a alguien de afuera, nunca va
a entender el corazón de lo que está aprendiendo porque está rompiendo
una regla de principios. Hay un principio que indica, por ejemplo, que
uno no puede desconocer a sus padres. Un padre, una madre, puede tener
tal o cual defecto; otra pareja de papás puede tener tales o cuales
virtudes. Uno no cambia a sus propios padres por esas últimas personas.
Tus padres son tus padres, sea en la vida o sea en un arte marcial; son
las personas que te ayudaron a dar los primeros pasos, a hacer la primer
caída. Nos guste o no, hemos sido construidos así. Puede ser que, más
tarde, entremos en desacuerdo con nuestros padres. Pero hay una falla
enorme en echarles la culpa a los demás en vez de decir “puedo cambiar y
modificarme”. Cuando seguimos nuestro ego, decimos “yo entiendo esto
del Aikido y no aquello, así que ahora quiero dejar a mi maestro y ser
representante de fulano”.
¿La raíz de los quiebres recientes es entonces el ego?
El ego, la ambición de poder, la ambición ante la gente.
Desgraciadamente, muchas personas, cuando se separan y abren sus propias
escuelas, lo hacen porque tienen 20 o 30 alumnos que los siguen. Creen
que contar con eso los convierte en maestros de su dojo. Yo siempre digo
que son como “el rey sapo de un charco”: en el charco son los reyes, en
el dojo les dicen “sensei, usted, qué maravilla”, “lo vi practicar en
el seminario y es mejor que cualquier otro graduado, usted es el mejor”.
Y el rey sapo sale y contesta (gesto de agrandado): “¿te parece?” “¿Vos
creés?” Por fin, el resultado de todo esto es que dice “bueno, entonces
yo puedo dirigir mi escuela”. “¿Cuál es la diferencia entre tener 2.000
alumnos y tener solamente 30?
Un acto como el que estamos comentando, guiado exclusivamente por el
ego, puede destruir la vida de personas que realmente están dedicándole
la vida al Aikido. Al mismo tiempo, tampoco es buena la actitud de los
que van y, simplemente, le chupan las medias al maestro. “No, sensei,
usted es el mejor maestro del mundo”. Piensan que el maestro les va a
dar más graduación por eso, están ahí como sujetándolo. Esas personas
son las que menos compromiso establecen con el Aikido. Solo se ocupan de
alimentar el ego de su maestro para obtener una mejor posición. Pero
después, cuando se les termina la “calentura del Aikido”, por decirlo
así, hacen natación, por ejemplo, o cualquier otra actividad. No tenían
un verdadero compromiso con la disciplina; buscaban sólo posicionarse en
un buen lugar. Si un maestro no es capaz de ver estas cosas, tampoco
sus alumnos las verán. En Japón, con respecto a esto, hay un dicho que
dice: “olla rota y una tapa rota, ninguna de las dos sirve”.
Este proceso de separaciones también se dio, creemos, en la época final de Osensei. ¿Qué opina al respecto?
Sucede en todos los ámbitos en los que hay seres humanos. Pero
Osensei no vivió exactamente eso, porque no llegó a tener multitud de
alumnos. Tuvo, apenas, cerca de 10 alumnos que él mismo creó, nada más.
Estamos pensando, por ejemplo, en que fueron surgiendo líneas
como la de Iwama y otras, a modo de desprendimientos que no se
enrolaron bajo la órbita de Aikikai…
Sí, pero hay un problema con eso. En Japón existe una expresión
que dice “tatemae, honne”. Honne (本音) es lo que pienso en mi hara,
tatemae (建前) es un pensamiento más bien diplomático. Por ejemplo, en
cuanto al caso que mencionan de Iwama, Saito sensei cuidó a Osensei
hasta su muerte. Es cierto que la línea de Iwama es un desprendimiento,
pero Saito Sensei siguió siempre las reglas del Fundador tal como eran.
Doshu Kisshomaru Ueshiba, el papá del Doshu actual, fue una persona que
también mantuvo las reglas de Osensei. Sin embargo, le tocó vivir una
época distinta, un momento diferente del Aikido. Fue el tiempo en que la
disciplina comenzó a crecer y expandirse; él defendió el sistema y dejó
todo planificado para el Doshu actual. Tal vez tenía algunas
diferencias con Saito sensei, pero ambos se respetaban (esto es
“tatemae”). El caso de Ki Aikido, otro de los desprendimientos, es
diferente. Tôhei sensei era pariente de Osensei. Quizás tuvo más que ver
con política familiar que con política del Aikido. Después hubo también
el caso de Yoshinkan, una de las primeras líneas que se abrieron,
contra eso no se puede hacer nada. Yo supongo que hoy, en Japón, hay
innumerables escuelas; usan el nombre de Osensei pero no necesariamente
pertenecen a Aikikai. Eso puede ser libre, pero la realidad es que
nuestro trabajo es defender la línea de Ueshiba sensei. Aikikai hace
eso. Yo estoy en eso, estoy en esa línea.
Finalmente –y antes de la clase celebratoria que vamos a compartir– ¿quiere comentar algo sobre su nueva graduación?
Katô sensei fue quien hizo la tramitación para que me otorguen
el 7mo. dan. Creo que él, viendo ya cuántos años llevaba como 6to. dan,
dijo “ya es hora de que se gradúe como 7mo.” Lo vio como lastimoso,
supongo (en tono de broma), e hizo la gestión ante Doshu junto con Osawa
Hayato sensei, de Hombu dojo. Pidieron que me otorguen 7mo. dan y Hombu
dojo lo aceptó. Así que no hay ningún mérito mío en esto. El único
mérito es la constancia, es haber estado, durante todo este tiempo,
enseñando siempre. No hay otra cosa. No crean que, de ahora en adelante,
podré levantar un camión o hacer volar un auto. Uno es un buen 1er. dan
cuando ya tiene el 2do. Se es un buen 2do. dan cuando se alcanza el
tercero. Entonces, cuando sea 8vo. dan, dentro de 15 o 20 años, podré
decirles qué tal es mi 7mo. dan. Mientras tanto, no es algo tan
importante.
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Sakanashi sensei en el festejo por su 7mo. dan.
Esta sería su última clase multitudinaria.
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Usted es un excelente 6to. dan entonces…
Ja, ja, tal vez sea así. No lo sé, realmente. Al menos, parece que Katô sensei creyó eso al recomendarme frente a Hombu dojo.
Esta segunda y última parte de la entrevista a nuestro Shihan
concluyó, como referimos al comienzo del artículo, minutos antes de la
clase celebratoria por su 7mo. dan. En aquella ocasión se congregaron
más de cien practicantes sobre el tatami de Seiki Dojo. Fue una tarde de
intenso calor, pero de una alegría y un compromiso máximos.
Afortunadamente, hay bastante material fotográfico y fílmico que lo atestigua.
Con todo, ¿cómo olvidar los instantes en que fue deteniendo su mirada
sobre cada uno de los que allí estuvimos? Quien no haya percibido esa
manifiesta intención suya, sin lugar a dudas, no estuvo atento durante
la clase.
También queremos recordar, no sin tristeza hoy, la firme intención que tenía de seguir colaborando con
Pequeños Universos. Había acordado con este equipo periodístico un ciclo de charlas.
Nada hacía suponer que, seis días más tarde, Sakanashi Masafumi Shihan
abandonaría este mundo para seguir practicando en algún otro lugar.
Nuevamente, desde lo más profundo de nuestro hara, queremos decir: ¡muchas gracias, Sensei!